
https://revistas.udistrital.edu.co/index.php/cpaz/article/view/23993
La crisis ambiental contemporánea no es solo un problema ecológico: es una crisis civilizatoria que pone en cuestión las bases políticas, culturales y económicas sobre las que se organizan nuestras sociedades. En América Latina, esta crisis adquiere un carácter especialmente agudo debido a la intensa conflictividad socioambiental que atraviesa el territorio desde hace décadas. El ensayo de Andrea Marina D’Atri revela que estos conflictos no pueden entenderse únicamente desde sus dimensiones materiales —la devastación de ríos, bosques, suelos o biodiversidades—, sino que deben leerse como expresiones de un choque profundo entre imaginarios opuestos sobre la vida, el territorio y el futuro.
Desde esta perspectiva, la crisis no surge simplemente por prácticas extractivistas intensivas, sino por la persistencia de un imaginario moderno-colonial que concibe a la naturaleza como un “recurso” disponible para la explotación ilimitada. Este imaginario relega la complejidad ecológica a un objeto utilitario y fragmenta la relación entre sociedad y entorno, sosteniendo una dicotomía histórica entre lo humano y lo no humano. D’Atri muestra cómo, detrás del avance de la megaminería, la agroindustria o los megaproyectos hidroeléctricos, subyace una matriz de poder heredada del colonialismo y revitalizada por el neoliberalismo. Incluso gobiernos que se presentan como progresistas terminan reproduciendo modelos extractivos que prometen desarrollo, pero generan despojo, desigualdad y crisis ecológica acumulada.
La autora recuerda, además, que este modelo no solo transforma los ecosistemas: transforma la vida misma de las comunidades. Allí donde el extractivismo avanza, aparecen sequías provocadas por represas, desecamiento de humedales, desplazamientos poblacionales, pérdida de modos de vida ancestrales, erosión de suelos y desarticulación cultural. La cuenca del río Atuel en Argentina, por ejemplo, es presentada como un caso emblemático donde la combinación de políticas estatales, tecnocracia y explotación intensiva produjo daños ambientales irreversibles y alteraciones profundas en las formas de habitar el territorio.
Sin embargo, la crisis también ilumina otros caminos. Frente a la racionalidad instrumental del extractivismo surgen resistencias sociales, comunitarias y territoriales que sostienen imaginarios alternativos. Comunidades rurales, pueblos originarios y asambleas ambientales en países como Chile, Perú, Colombia, Argentina y Bolivia plantean visiones del agua, del suelo o del bosque que no están basadas en el dominio, sino en la interdependencia y el cuidado. Estas luchas —desde la defensa del agua en Petorca hasta las resistencias frente al litio en el norte argentino— no son solo denuncias: son prácticas vivas que proponen otra manera de organizar la relación sociedad‑naturaleza, basada en memorias, vínculos y cosmologías que desafían el paradigma dominante.
El ensayo destaca la importancia de los imaginarios sociales como clave interpretativa de esta transformación. Inspirada en Cornelius Castoriadis, D’Atri señala que las sociedades tienen la capacidad de reinventar sus significaciones profundas, es decir, de instituir nuevos modos de ser y de relacionarse con el mundo. Esto implica pensar un “imaginario radical” capaz de superar la idea de la naturaleza como objeto y recuperar una visión integradora donde lo humano y lo ecológico no se oponen, sino que forman parte de una misma trama vital. Esta propuesta no es meramente ética o filosófica; es política en sentido pleno. Reconoce que no hay salida de la crisis ambiental sin cambios estructurales: económicos, culturales, epistemológicos y sociales.
La autora también subraya que la respuesta a la crisis no puede provenir únicamente de marcos institucionales centralizados que, en muchas ocasiones, reproducen la lógica que dicen enfrentar. La superación de la crisis exige nuevas gobernanzas, articulaciones comunitarias, economías circulares y una revitalización de prácticas ancestrales que han sabido mantener la vida en equilibrio por generaciones. La resiliencia demostrada por pueblos indígenas, campesinos y comunidades rurales es presentada como una reserva ética y política indispensable para imaginar futuros más sostenibles.
Este trabajo constituye un aporte fundamental tanto para la ciencia como para la sociedad. Por un lado, invita a las ciencias sociales a asumir un compromiso crítico frente a las desigualdades sistémicas que alimentan la crisis ambiental; por otro, ofrece una lectura esperanzadora sobre la capacidad colectiva para transformar las estructuras que hoy amenazan las condiciones de vida del planeta. Su relevancia radica en revelar que la crisis ecológica no es simplemente un estado de deterioro ambiental, sino un conflicto de imaginarios que atraviesa la política, la cultura, la economía y las subjetividades. Comprenderla así permite abrir caminos hacia un horizonte más justo, más autónomo y más respetuoso de la interdependencia radical que sostiene toda vida.
Lejos de clausurar el debate, el ensayo concluye con una pregunta vital: ¿serán capaces las sociedades latinoamericanas de instituir un nuevo horizonte ecológico, capaz de romper con la lógica extractivista que las ha marcado desde la colonia? Si la respuesta depende de la potencia instituyente de los pueblos, de sus memorias, sus luchas y sus imaginaciones, entonces la esperanza —aunque agazapada, como sugiere la autora— permanece abierta. Y en un mundo atravesado por crisis múltiples, esa esperanza es quizás la condición política y humana más valiosa para seguir pensando el futuro.
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