Red Iberoamericana de Investigación en Imaginarios y Representaciones (RIIR)

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Nota divulgativa: La educación después de la pandemia: lo que revelan las voces docentes sobre el porvenir educativo

https://doi.org/10.17583/hse.18993

La pandemia por COVID‑19 no fue solo un episodio sanitario: fue una ruptura histórica que atravesó las instituciones, las subjetividades y los modos de enseñar y aprender en todo el mundo. En Colombia, como en gran parte de Iberoamérica, miles de docentes universitarios asumieron la tarea de sostener un sistema educativo que repentinamente se volvió incierto, fragmentado y emocionalmente tenso. Su experiencia no solo dejó huellas individuales, sino que generó formas de interpretar la educación que hoy resultan claves para comprender hacia dónde se dirige la enseñanza superior en la región. El estudio desarrollado por Aliaga‑Sáez, Basulto‑Gallegos, González‑García, Castro‑Cáceres y Restrepo‑Pineda analiza precisamente estos sentidos profundos: los imaginarios y representaciones que los docentes construyeron durante la pandemia y la postpandemia, permitiendo leer la educación desde un ángulo íntimo, simbólico y socialmente revelador.

A partir de 18 entrevistas realizadas a docentes universitarios de distintas regiones de Colombia, la investigación muestra cómo el profesorado resignificó su rol en medio de la crisis. Lo que antes se entendía como enseñanza centrada en contenidos se transformó en un ejercicio de acompañamiento emocional, contención afectiva y sostenimiento de vínculos en un escenario donde el bienestar de estudiantes y docentes estaba profundamente comprometido. Las y los profesores se convirtieron en mediadores entre la incertidumbre y la continuidad educativa, asumiendo funciones que excedieron lo académico para abrazar el cuidado como principio pedagógico. Estas representaciones no fueron episódicas: persisten hoy como un marco central en la valoración de la labor docente.

La pandemia también actuó como un espejo de desigualdades. La brecha digital —tan mencionada en cifras, pero pocas veces narrada desde dentro— apareció en los relatos como una realidad concreta que afectó el acceso, la permanencia y la salud mental del estudiantado. Problemas de conectividad, carencias de dispositivos, dificultades económicas y afectaciones emocionales intensas marcaron el ritmo de la virtualidad. Para muchos estudiantes, la educación dejó de ser un espacio de encuentro para convertirse en un territorio de aislamiento, donde la motivación disminuía al mismo tiempo que aumentaba la sensación de desgaste. Los docentes, conscientes de estos efectos, interpretan esta etapa como un punto crítico que obliga a cuestionar el modelo formativo, especialmente en contextos de vulnerabilidad social.

Las instituciones educativas, por su parte, ofrecieron respuestas heterogéneas. Algunas avanzaron en apoyos materiales y emocionales; otras reprodujeron lógicas burocráticas que dificultaron la adaptación y profundizaron el agotamiento docente. Este contraste permitió visibilizar que la sostenibilidad educativa en tiempos de crisis depende tanto de la capacidad tecnológica como de la capacidad institucional para escuchar, flexibilizar y crear comunidad. En varias narrativas, la sensación de una “vuelta a la normalidad” demasiado rápida se vivió como una negación del impacto emocional acumulado y como una oportunidad perdida para repensar colectivamente el sentido de la universidad.

Uno de los aportes más potentes del estudio es la articulación entre representaciones e imaginarios: las primeras permiten leer las prácticas inmediatas —el cansancio, la sobrecarga, el cuidado, la creatividad metodológica—, mientras que los segundos abren una ventana hacia horizontes educativos deseados. En esos imaginarios emergen ideas que cuestionan la universidad disciplinaria, estandarizada y centrada en la evaluación, para proyectar modelos más flexibles, relacionales y multimodales. Los docentes imaginan una educación ética, situada, conectada con los territorios y con las vidas reales del estudiantado; una universidad entendida como espacio de encuentro y pensamiento compartido, no solo como institución certificadora. Estas proyecciones no son fantasías utópicas, sino interpretaciones simbólicas que expresan tensiones y posibilidades reales de transformación.

El valor social de este estudio es profundo. Permite comprender cómo los docentes, en medio de una crisis global, produjeron claves interpretativas que hoy ayudan a orientar debates sobre desigualdad, bienestar, metodologías flexibles y nuevas ecologías de aprendizaje. En un escenario donde aún se discute cómo reconstruir la experiencia educativa tras la pandemia, la investigación aporta evidencia situada que invita a responder preguntas esenciales: ¿qué tipo de universidad necesitamos?, ¿qué significa educar en un tiempo de incertidumbre?, ¿cómo imaginamos el futuro educativo desde el cuidado, la ética y la comunidad?

Asimismo, su aporte científico es notable. El análisis riguroso, conceptual y hermenéutico que articula representaciones sociales e imaginarios permite comprender el fenómeno educativo en varios planos simultáneos: el cotidiano, el institucional y el simbólico. Esta perspectiva, especialmente relevante para los estudios de educación, sociología, psicología social y políticas públicas, ofrece un marco robusto para investigar cómo las crisis pueden actuar como momentos instituyentes capaces de transformar no solo prácticas, sino sentidos culturales más profundos. El estudio demuestra que la educación no se limita a adaptarse a las crisis: también puede reinventarse desde ellas, abriendo posibilidades para un futuro más humano, más crítico y socialmente más justo.

En definitiva, las voces docentes recogidas en esta investigación nos recuerdan que, cuando las estructuras fallaron, fue la imaginación educativa la que sostuvo la vida académica. Y que en esa imaginación —hecha de emoción, experiencia y reflexión crítica— se encuentran las claves para construir la educación del mañana.