
https://doi.org/10.1344/ara2023.284.43647
Las ciudades se viven, se sienten y se imaginan de maneras distintas. Lo que cada persona percibe en sus recorridos cotidianos —una esquina ruidosa, un puente temido, un parque luminoso, un olor perturbador o una calle llena de movimiento— moldea la imagen mental que construimos del espacio urbano. Pero ¿cómo perciben la ciudad los adolescentes que la habitan día a día? ¿Qué emociones despiertan sus barrios, sus escuelas y sus recorridos? ¿Y qué puede enseñar la fotografía sobre la manera en que los jóvenes comprenden el mundo urbano que los rodea?
El estudio de Luis Guillermo Torres Pérez aborda estas preguntas con una propuesta didáctica innovadora que combina fotografía, percepción espacial, imaginarios urbanos y educación geográfica. Su investigación, realizada con estudiantes de educación básica secundaria en Bogotá, Valencia y São Paulo, muestra que la fotografía no es solo una imagen: es un lenguaje, un acto de lectura y escritura del espacio, y una herramienta poderosa para comprender cómo se construyen los sentidos urbanos entre los más jóvenes.
Los resultados del estudio son tan reveladores como urgentes. En un mundo donde más del 55% de la población vive en ciudades —y donde América Latina es una de las regiones más urbanizadas del planeta—, comprender cómo los adolescentes perciben su entorno urbano es clave para formar ciudadanía crítica, fomentar la apropiación del territorio y diseñar políticas urbanas más sensibles a la experiencia cotidiana. Las percepciones juveniles no son un detalle colateral: son termómetros emocionales y cognitivos de las urbes que estamos construyendo.
Uno de los aportes más potentes de la investigación es mostrar cómo las topofilias —afectos positivos hacia lugares— y las topofobias —rechazos o temores— configuran las prácticas espaciales de los estudiantes. En los tres países, el patio escolar, las canchas y las zonas verdes se constituyen como lugares de afecto: espacios de encuentro, descanso y juego donde se refuerzan la identidad y el sentido de pertenencia. Por el contrario, los baños escolares, ciertos pasillos ruidosos o áreas de control institucional emergen como espacios de malestar, rechazo o incomodidad. Estas experiencias sensoriales —olores, temperaturas, ruidos, estrecheces— no solo afectan la vivencia del espacio escolar: también enseñan cómo se aprende a leer la ciudad desde el cuerpo.
Pero la ciudad trasciende la escuela. En barrios y entornos urbanos más amplios, las topofilias se relacionan con parques, zonas verdes, centros culturales o lugares icónicos como el Parque Simón Bolívar en Bogotá, el Jardín del Turia en Valencia o el Ibirapuera en São Paulo. Lugares que condensan experiencias positivas, ocio, identidad o modernidad. Las topofobias, en cambio, se concentran en calles asociadas a inseguridad, tráfico, suciedad o problemáticas sociales como microtráfico o robos. La investigación muestra cómo estas emociones no están disociadas del territorio: son producto directo de experiencias vividas y de significados compartidos por las comunidades juveniles.
La fotografía —como categoría de análisis y como práctica creativa— permite a los estudiantes capturar esos paisajes emocionales y reescribir su manera de mirar la ciudad. En Bogotá, por ejemplo, las imágenes de puentes, calles transitadas o parques capturan historias de transformación urbana: el paso de un puente asociado a peligro hacia un nuevo puente que simboliza conexión y movilidad segura. En Valencia, las fotografías resaltan espacios de modernidad y orden urbano; en São Paulo, aparecen contrastes entre densidad, color, movimiento y fragmentación. La fotografía se convierte así en un espejo —y a la vez en una herramienta— para que los estudiantes nombren, cuestionen y resignifiquen los territorios que habitan.
El estudio también muestra cómo los adolescentes construyen imágenes fragmentadas de sus ciudades, en gran parte debido a que sus desplazamientos cotidianos se restringen al barrio inmediato. La ciudad que imaginan es, en realidad, una extensión ampliada del barrio donde viven: sus sendas, bordes, nodos y mojones pertenecen más al ámbito local que al conjunto urbano. Este hallazgo tiene un profundo valor educativo: los jóvenes conocen la ciudad a través de recorridos cortos, experiencias próximas y referentes afectivos, no desde los discursos abstractos de los mapas o manuales escolares. Entender esto es clave para repensar la didáctica de la geografía desde lo vivido, lo percibido y lo experimentado.
Otro aporte central del trabajo es la lectura de los imaginarios urbanos a través de los sentidos: colores, olores, sonidos y sabores asignados por los estudiantes a la escuela, el barrio y la ciudad. El verde —símbolo de seguridad y esperanza— aparece como el color de la escuela y de la ciudad; el azul —tranquilidad— como color del barrio. El ruido caracteriza la vida escolar; el tráfico, la vida urbana; y los olores desagradables, la ciudad en su conjunto. Estas asociaciones, lejos de ser simples metáforas sensoriales, revelan la manera en que los estudiantes interpretan simbólicamente su entorno. La ciudad es sentida antes que pensada.
En su conjunto, la investigación demuestra que la fotografía no es un mero recurso visual, sino una estrategia didáctica con enorme potencial para la enseñanza de la geografía y para la formación ciudadana. A través de ella, los estudiantes aprenden a observar, interpretar, comparar, narrar y cuestionar el espacio urbano. Aprenden a ver más allá de lo aparente y a reconocer los elementos materiales y simbólicos que estructuran la vida en las ciudades. Y, sobre todo, aprenden a comprender que el territorio no es neutro: está cargado de memorias, emociones, desigualdades, tensiones y posibilidades.
El estudio de Torres Pérez constituye un aporte valioso para la ciencia, la educación y la sociedad. En tiempos de urbanización acelerada, desigualdad espacial y crisis socioambientales, esta propuesta demuestra que la educación geográfica no puede limitarse a mapas y definiciones: debe dialogar con la experiencia sensible, con los imaginarios y con la mirada situada de los estudiantes. La fotografía emerge aquí como lenguaje, puente y herramienta crítica para imaginar ciudades más habitables y más justas. Una ciudad que puede enseñarse mejor es una ciudad que también puede vivirse mejor.